jump to navigation

El cuerpo de Silvia Agosto 2, 2007

Posted by Jaime in cuentos.
trackback

En una ocasión Silvia le dijo a su esposo, Santiago, que si podía acariciarla de otro modo. “Cómo así”, le preguntó él con tono severo, “acaso te molesta lo que hago”. Ella sintió que sus blancas mejías se le ponían rosadas, se sentía avergonzada. Pero dio un suspiro al caer en la cuenta que él no podía verla, porque la habitación estaba muy oscura. “Está bien, no te preocupes, continúa”, le dijo en tono suave, muy cerca del oído. Y no se hablo más esa noche.

Al siguiente día, al hacer su oración, Silvia se preguntó se debía pedir perdón por los pensamientos que tenía, de la forma en que deseaba que su esposo la acariciara. Si fuera un poquito menos correcto, se dijo a si misma, quizá yo no tendría malos pensamientos. “Oh Señor te pido que me perdones, que me protejas para que el demonio no me tiente, haz que ame más a mi esposo, no permitas que mi cuerpo sienta deseos impuros”, murmuró en tono arrepentido. Y prometió nunca más volver a hacerle una pregunta de esas a Santiago.

Con el tiempo no fue solo esa pregunta, sino muchas las que Silvia fue guardando. Las callaba porque no quería que su esposo la reprendiera. Cuando se sentaban a tomar la cena, que era el único tiempo que hacían juntos, hablaban del trabajo, de la iglesia, algunas veces traían temas de la familia, pero nunca hablaban sobre como se sentían. Una o dos veces por semana, cuando ya estaban acostados, él la abrazaba como queriendo juntar todo su cuerpo al de ella. Cada uno se quitaba su ropa de noche. Luego Santiago se agitaba sobre ella hasta vaciarse. Ninguno decía una palabra. Al terminar cada uno tomaba un lado de la cama y se dormían.

Pasaron los días. Silvia misma no se explicaba por qué le ocurría eso. Un muchacho de la oficina, un tal Jorge, al hablarle la ponía nerviosa. Empezó como una broma. Una vez Silvia le escribió en un papelito que le quedaba bien la ropa que andaba. Él no respondió, pero comenzó a ser más atento con ella. En una ocasión lo sorprendió viéndola muy atento mientras ella recogía un lápiz que había caído al suelo. Al llegar a casa, con el espejo grande Silvia trató de averiguar como se veía al agacharse. Lo hizo dos veces y luego se sonrió con picardía mirando su imagen reflejada.

Ya para entonces había dejado de pedir perdón en sus oraciones por sus malos pensamientos. No le hacen daño a nadie, se decía a si misma, entonces por qué tendría que sentirme mal. A Santiago cada vez lo sentía más distante. Lo veía todos los días, dormía con él y sin embargo se sentía como una extraña ante su esposo. Lo amaba, a sus amigas les decía con convicción que no hubiera podido encontrar un hombre más responsable que él. Pero no era Santiago quien estaba en sus fantasías, sino el tal Jorge.

Y llego el momento en que compartió sus fantasías con Jorge, en el chat. Él siempre la saludaba siempre en las mañanas con una frase bonita. Cuando la veía callada le preguntaba que quien le había robado las palabras. Al verla presionada, le decía que tanta energía era mejor aprovecharla disfrutando la vida. Se fijaba cuando Silvia llevaba ropa o zapatos nuevos. Y en una de esas fue cuando ella le dijo que el placer de la ropa nueva no era llevarla puesta, sino lo que ocurría cuando una se la ponía o cuando se la quitaba, palabra que cambió inmediatamente por “quitaban”. Al salir de la oficina Silvia y Jorge se cruzaron en la puerta principal, pero no se dijeron nada, solo sonrieron, ella viéndolo directamente y medio mordiéndose el labio inferior.

Aunque estuviera oscuro, Silvia cerraba los ojos cuando Santiago estaba sobre ella. Trataba de imaginar que era Jorge quien exploraba su vientre. A veces abrazaba fuerte a su esposo, como poniéndole una cadena alrededor para que no escapara y con el movimiento de sus dedos trataba de tramsmitirle pausas, un poco más de calma y profundidad. Pero pronto debía volver a la realidad y retornar a su lado de la cama. Entonces con su mano entre las piernas trataba de encontrar el sueño luchando por disipar su insatisfacción.

Hubo un momento en que sintió que aquello la estaba enfermando. Que debía tener más fuerza de voluntad, volver a poner su mente en orden, botar aquellas obsesiones. Aceptó ser parte de la organización de una semana de alabanzas en su iglesia. Se dijo a si misma que el estar más ocupada, más cerca del Señor, la ayudaría a retomar el camino. Comenzó a acudir cada noche a las reuniones de preparación. Hablaban de los temas que se tratarían cada día en la semana de alabanzas, los pastores invitados, los grupos musicales que había que conseguir, las cenas, el cuidado de los pequeños, el parqueo, todo hasta los últimos detalles.

Al llegar, Santiago le tenía la cena preparada y juntos se sentaban a un rato frente a la televisión. Y ella entusiasmada comenzaba a contarle lo que estaba haciendo en la iglesia, de lo bien que se sentía ser más útil a la obra del Señor, y el poder conocer mejor a los hermanos y hermanas de la congregación. Su esposo solo la escuchaba, apenas hacía algunos comentarios breves. Mientras hablada, Silvia se decía a si misma, lo bien que me siento no es tanto por lo que estoy haciendo en la iglesia sino el no sentir que estoy traicionando a este hombre con los deseos de mi cuerpo.

En esos días también se distanció de Jorge, no respondía con el mismo entusiasmo a sus mensajes. Él le dijo que la sentía distinta y le preguntó que le ocurría. Nada, dijo ella, será solo porque estoy muy ocupada en estos días, ten paciencia. Esta última frase la puso helada, “ten paciencia” murmuró para si misma en tono de pregunta, como buscando explicación por lo que había dicho o que había tratado de decir. En la noche, mientras tomaba la ducha, pensó que no podía seguirse engañando, que aquello no era un juego, que aquella insatisfacción en su vida cada vez se estaba haciendo más profunda. Al enrollarse en la toalla se dijo: al menos todavía pienso en lo que hago, las circunstancias todavía no me han arrastrado.

“Invitame a salir”. Parecía una eternidad el tiempo que estaba pasando entre el momento en que Silvia escribió en el chat esa frase y el momento en que aparecería la respuesta de Jorge. “Te parece si vamos a tomar algo ahora por la tarde”, preguntó él. No, hagamos algo más emocionante, le propuso ella. Solo una vez se vive, pensó para si misma. Sentía que el corazón se le había acelerado y que las manos le sudaban. Sin pensarlo mucho mandó un mensaje al líder de la iglesia: “Hno. Isaías, saldré tarde del trabajo, esta noche no podré ir a la reunión, le pido disculpas, nos vemos mañana, f. Silvia”. Quieres que estemos a solas, replicó Jorge. Si, dijo ella y agregó: ya no hablemos más, nos vemos a las 5:30, dejaré mi auto en el parqueo que esta cerca de la plaza, recogeme ahí, no tardes.

Sus manos no habían dejado de sudar cuando subió al auto de Jorge. Gracias, vamos, le dijo. No puso atención a lo que él iba diciendo en el camino, apenas respondía con un si, un no o un aja cuando él le preguntaba algo. Sintió que eran horas las que habían tardado en llegar hasta a ese motel en las orillas de la ciudad. Ve al baño, preparate, yo te esperaré acá le dijo Silvia. Rápidamente se quito la ropa y se cubrió en medio de las sábanas. El ambiente oscuro la tranquilizó un poco. Cuando él volvió, le pidió que no dijera nada, que se metiera en la cama junto a ella.

En la siguiente hora trató de mantener cerrados sus ojos y de olvidarse de ella misma. Sin poner resistencia dejo que Jorge acariciara su cuerpo. Aceptó las propuestas de él. Juntos recorrieron aquella cama cual si fuera un territorio que entre valles y montañas estaba por ser descubierto. Por primera vez percibió de si misma lugares que no conocía. Por momentos pensaba en detenerse, pero su cuerpo como un rebelde había dejado de hacerle caso. Con aquel último gemido sintió liberar fuerzas que habían estado aprisionadas durante toda su vida. Ahora era todo su cuerpo el que sudaba, no solo las manos, cual si fuera un baño que la limpiaba desde adentro hacia afuera.

Volvió a la casa como si nada, cenó junto a Santiago y vieron televisión. Esa noche hablaron casi nada. Como de costumbre, Silvia tomó su ducha. Al principio frotó con fuerza el jabón como queriendo sacar una costra de suciedad de su piel, pero inmediatamente sonriendo se dijo a si misma: “que tonta eres”. Después solo comenzó a jugar tratando de sentir las gotas, como queriendo adivinar el punto exacto en que caían. Trató de percibir el aroma que soltaba su cuerpo al mezclarse con el agua tibia. Cerró sus ojos e imaginó que estaba debajo de una gran cascada y que su cuerpo se eregía con fuerza hacia lo alto cual si fuera un volcán brotando de la tierra. El miedo y los remordimientos se habían ido. Escuchaba que desde lo profundo de un bosque su nombre era pronunciado con un potente, firme y lírico grito: Siiiiilviaaaaa.

Rompió su promesa. A la noche siguiente le pidió a Santiago que la acariciara de otra forma. Él volvió a repetir su frase severa: “Cómo así, acaso te molesta lo que hago”. No, le dijo ella, deja que yo te muestre. Espantó la oscuridad al encender la lampara de noche. Se recogió el cabello estando sobre Santiago y luego lo soltó con un suave balanceo de lado a lado. En un momento él intento decir con admiración Silv…. pero no terminó porque ella le puso el índice en los labios. Como sacándolos desde el fondo de un viejo cofre, realizó con él cada pensamiento que durante tanto tiempo había guardado. Silvia pudo sentir dulces contracciones en cada parte de su piel que las gotas de la ducha habían marcado antes. Esa noche la cama dejo de tener dos lados, todo lo que en ella había se fundió ante el fuego de aquellos cuerpos.

Semanas después Jorge le dijo en el chat, “sabes que he notado cambios en ti, ahora pareces menos sumisa, he disfrutado observándote como hablas con el jefe, con las compañeros, con las compañeras, con los clientes, les ves con firmeza, los llamas a confiar en ti, ya no pareces temerles”. “Eres un loco, como crees”, fue lo único que ella respondió. Era el mejor halago que aquel hombre le había hecho, y Silvia sabía que era cierto, habían cambios en ella. Estaba aprendiendo a disfrutar el abrochar el botón de la blusa dejando espacio para la malicia, y con el mismo placer sentía una gran claridad al explicar nuevos proyectos en su oficina.

Se levantó y fue hasta el escritorio de Jorge. Y viéndolo directamente a los ojos, tomándole firmemente la mano le dijo: “sabes que he aprendido, que es lo que finalmente he aceptado, que solo se vive una vez y que el tiempo que nos ha sido dado tenemos que vivirlo con plenitud, ese es el cambio que notas en mi”.

Comentarios»

No comments yet — be the first.