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Moda, dinero y violencia Agosto 2, 2007

Posted by Jaime in reflexiones.
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Creo que todos nos engañamos al hablar de valores. Seguimos acariciando utopías, creyéndolas posibles. Eso nos mantiene suspendidos en un vacío existencial, donde lo único que tiene sentido es el pasar de los días y el recuerdo que dejan tras de si. Y si a nuestros padres eso les llenaba la vida, no ocurre lo mismo con nosotros. Porque vamos por lugares que no se acercan en nada al tierno sueño del mundo civilizado.

Golpe tras golpe se fisura nuestra existencia: las ideas se alejan de las palabras y las palabras de los hechos. Lo poco de coherencia que logramos rescatar lo usamos como las últimas bocanadas de un ahogado. Día tras día nuestra unidad vital se disuelve, las piezas se separan como vaso roto, sin opción para volver a ponerlas juntas.

Los valores que de pequeños aprendimos sirven de muy poco en la ciudad que habitamos. No vivimos ahí, solo nos mantenemos a flote, usando hasta lo último de nuestras energías para no ser engullidos y desechados. Ni el pasado ni el futuro importan, quizá ni siquiera existen, solo el presente, breves instantes en los que luchamos por seguir vivos, sin saber por qué ni para qué.

En realidad lo único útil en esta ciudad, lo que tiene valor, lo que marca la diferencia entre la vida y la muerte es la moda, el dinero y la violencia. Es una ciudad sin lugar, porque su naturaleza es el movimiento, la velocidad. No estamos en ella, vamos a través de ella. Por tanto lo importante no es necesariamente tener, ni siquiera usar, sino representar. Es un mundo de apariencias, cual si fuera una ciudad de fantasmas.

La moda es el valor cúspide, es la exacerbación de la apariencia. En movimiento solo la novedad es visible. Los cambios de formas, sabores o funciones es lo único que se percibe, lo demás es como si no existiera. Con la moda podemos tapar nuestros cuerpos despojados, crear la ilusión del no vacío y fingir que las cosas tienen sentido. La moda nos ayuda a no hundirnos, como si fueran globos dispersos en el mar. Cuando unos explotan podemos ir en busca de otros. Nunca tocaremos tierra, pero podemos seguir en el juego sin que eso importe.

El dinero nos ayuda a mantenernos en marcha. Compramos cada movimiento, cada paso. No tenerlo sería como cortar nuestras venas o dejar de alimentarnos. Poco a poco nuestras funciones vitales se detendrían, moriríamos en el olvido, sin que a nadie le importe. El dinero nos da el placer de tener, de aferrarnos a algo aunque sea de forma breve, sin que cuente de que se trate. Nos da la sensación de estar en el mundo, de sentirlo y de disfrutarlo.

El poder de dominar a otros, de elevar nuestra existencia pisando sus cabezas, de ensalzar nuestra existencia volviendo despreciable la de los demás es gracias a la violencia. La sangre de otros regada por la tierra sirve como sabia que alimenta a los que aún seguimos vivos. No importa si es sangre de África o de los cordones urbanos, de donde venga siempre ayuda a que nuestra ropa esté limpia. Quienes se volvieron desecho deben morir, de lo contrario podrían atraparnos también a nosotros en su miseria, provocando que este mundo se detenga.

En la cúspide están los señores de la apariencia, los que no necesitan manchar de sangre sus manos ni mezclarse con la inmundicia humana. Desde sus pulcros escritorios hacen negocios y mantienen a la ciudad en movimiento. Alcanzaron el éxito y son venerados por eso. A su servicio están quienes controlan las rutas, ellos recaudan y distribuyen el dinero, nadie se mueve sin su consentimiento. Y a su sombra están los capos de la violencia. Hacen el trabajo sucio cuando la apariencia ya no persuade. Su trabajo es crear inseguridad, volver obsoleto lo que ayer era seguro, infundirnos miedo a lo que nos rodea y a nosotros mismos. Venden seguridad, pero es instantánea, efímera, transitoria, ese es su verdadero negocio, es la forma de dominar al mundo.

Esa es nuestra ciudad, un lugar de apariencia limpia porque nadie se queda, todos vamos de paso. Si acaso dejamos algo, una huella o un recuerdo, pronto será borrado. La persona que nos sigue se encargará de hacerlo.

Dos caminos se abren a nuestro paso, abrazar esos valores o darnos por vencidos, someternos a ellos. Quizá haya una tercera opción, el suicidio, suspender nuestra existencia aun cuando no cortemos del todo nuestras vidas. Estar sin estar presentes, como si fuéramos organismos en estado vegetal.

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